Las proteínas son el componente estructural principal del tejido blando, los órganos y los músculos. Los aminoácidos, los componentes básicos de las proteínas, son también necesarios para producir y mantener las membranas celulares, las hormonas, las células sanguíneas, las células somáticas, los factores inmunológicos y las enzimas esenciales para los procesos corporales como la digestión de los alimentos. Asimismo, los aminoácidos pueden ser una fuente de energía para el cuerpo, ya que aportan cuatro kilocalorías por gramo. Sin embargo, los hidratos de carbono son más eficaces y se prefieren como fuente de energía.
Las proteínas se hallan en alimentos de origen vegetal y animal. Los principales alimentos de origen animal son la carne, la carne de ave, el pescado, los huevos, la leche y los productos derivados de la leche, mientras que las legumbres y frijoles secos, los frutos secos, la soja y en menor medida algunos cereales constituyen las fuentes proteínicas de origen vegetal.
Las necesidades de proteínas se establecen en función del peso corporal. La mayoría de los adultos saludables necesitan 0,8 gramos de proteínas por kilogramo del peso corporal, o alrededor de 3,5 gramos por cada 10 libras. Una dieta que proporcione de 10 a 15% de las calorías totales diarias en forma de proteínas satisfará las necesidades del cuerpo. Para una persona que mantiene una dieta de 2000 calorías, esto se transfiere entre 50 y 75 gramos de proteínas por día. La mayoría de los estadounidenses ingiere a diario mucho más de los valores recomendados.
Los atletas necesitan incorporar mayores cantidades de proteínas a fin de lograr resistencia y aquéllos que mantienen un programa de entrenamiento riguroso deben consumir entre 1,2 y 1,4 gramos de proteínas por kilogramo del peso corporal.
La mayoría de los estadounidenses ingiere proteínas de manera excesiva. En promedio, los adultos consumen de 1,5 a 2 veces más de la cantidad de proteínas recomendada. Dado que los aminoácidos que no se necesitan no se pueden almacenar en el cuerpo, el hígado los convierte en glucosa que se puede utilizar como energía o, luego, los puede convertir en grasas para almacenarlos.